cambia, todo cambia…
Todos los años, tal día como hoy siempre acabo pensando lo mismo: “últimas navidades en casa”. Pero no, al final el apego a los tuyos y las circunstancias familiares prevalecen sobre el espíritu aventurero que me invade tras la mágica noche de reyes.
Este año 2008, además, se ha llevado la palma en cuanto a relaciones personales se refiere. Me imagino que los veinticinco es una edad en la que se experimenta un cambio abismal, sobre todo en la forma de pensar de las personas. Estos cambios son algo de lo que has estado en contra toda la vida, ¿cómo iba a pensar yo con dieciocho años que no te ibas a poder fiar de un compañer@ de trabajo?, ¿cómo ibas a pensar con quince años que los banqueros se iban a reír de ti cuando cruzases su puerta para pedir un préstamo?, ¿cómo ibas a pensar al terminar tus estudios que las becas “guapis”, puestazos, etc. son para la gente de bien?, ¿cuántos dedos me faltaban para contar a mis amigos y amigas?.
Y ahora, no puedes evitar asumir que la vida se hace un poco más triste, al menos temporalmente, cuando te das cuenta como funciona el sistema en el que, queramos o no, todos estamos inmersos. Una vez que la vida me haya dado unas cuantas “hostias” más creo que se me irá este cabreo con el mundo que me embriaga soberanamente en algunas fechas concretas como por ejemplo la dichosa navidad.
Al final sólo te queda seguir teniendo esas inquietudes y nuevos proyectos que te hacen sentir un quinceañero aún cuando sobrepases los cuarenta. Y sobre todo, seguir siendo ingenuos, así nos ahorraremos muchos disgustos.
“Me restitutio praesto”, pronto (como dice Leticia, protagonista del último libro que he leído “Veni, vidi en bici”).




Pues na, ni te cabrées, no merece la pena.
Y que no tengas que esperar a cabrearte para escribir en el blog.
Besetes.
Ya, ya me voy dando cuenta, pero cuesta, eh¿?
Un besazo, (y suerte para “periodismo ciudadano” en Las mejores miradas!)